martes, 28 de abril de 2009

La lectura de hoy: Círculos

Círculos

¿Por qué no estoy feliz? Todos hablan de ello: hemos acabado, cerraremos una etapa, la vida comienza… No me causa alegría saberlo.

Tengo algo de hambre. Bajo a la cocina.

Dentro de poco empieza el encierro para preparar el examen de ingreso a la universidad. Pienso estudiar Derecho. No estoy seguro de que esa carrera sea la que quiero seguir, aunque mi familia está entusiasmada con la idea. Y si soy un abogado exitoso –como mi padre-, mejor.

Cojo cualquier cosa de le refrigeradora, subo a mi habitación y leo una revista. Tengo sueño, trato de dormir.

Mi madre me despierta y dice que debo ir a cortarme el pelo. Lo haré en la tarde.

Paso la mañana acostado. Lo único que hago es mirar el techo. No quiero ir a la graduación, pero sería inútil tratar de convencer a mis padres.

Salgo de casa y camino para hacer tiempo. Cruzo el parque. Me siento en una banca y observo el estanque durante un rato. Unos cuantos peces nadan en círculos. Me levanto y sigo caminando. Llego al cine y elijo una película al azar. Le doy mi entrada al chico que siempre está a esa hora. Lo envidio: su trabajo se ve relajado. Sonrío al pensar en la reacción de mi familia si le dijera que no quiero estudiar en la universidad, sino trabajar en un cine. Compro algo para comer durante la función.

Son casi las cinco. Mi madre se altera al ver que no me corté el pelo. Le contesto que no importa y que luego de bañarme me lo peinaré hacia atrás. Se calma. Dice que me apure, vienen por nosotros en media hora.

Me baño y me visto sin ganas.

Entro en el auto. Estamos algo atrasados. Mi padre me saluda y dice que está orgulloso de mí. Solo atino a sonreírle.

Llegamos al colegio. Hay muchos autos estacionados. Entramos al auditorio principal y ubicamos los asientos. La graduación comienza. El director lee algo. No presto atención. Quiero irme. Miro mi reloj ansiosamente. Saludo de lejos a Álvaro, mi mejor amigo. Debe estar tan aburrido como yo, pero a él le molesta todo. Tiene fama de antisocial y, aunque siempre se hace el duro, nos llevamos bien.

Llega la hora de los premios.

Llaman a los mejores alumnos de cada salón: quedé en primer lugar.

Llaman a los mejores alumnos de la promoción: quedé en segundo lugar.

Llaman a los alumnos que “demostraron compromiso y responsabilidad a lo largo de su formación escolar”: me entregan uno de los reconocimientos especiales.

Llaman a los ganadores del concurso de ensayo: empaté con Josué el primer lugar.

Llaman al equipo de natación: recibo un diploma por haber pertenecido a este.

Ese soy yo: el modelo a seguir. Desde los seis años, he ganado y ganado premios en el colegio. Al comienzo me divertía recibir diplomas y medallas con mi nombre en ellos. No me costaba mucho esfuerzo conseguirlos, pero siempre aparenté lo contrario. Con el tiempo me aburrí. Todo se volvió predecible. No me afecta que Josué haya ganado el primer lugar de la promoción, aunque debería. Siempre hubo una competencia entre ambos, pero ya no me importa.

Cuando salimos del auditorio, mis profesores se acercan para decirme lo de siempre: que soy muy inteligente, que tengo un gran futuro y que voy a lograr lo que me proponga. Mis padres, llenos de orgullo, les agradecen por haberme preparado para la vida. Los padres de mis amigos me toman como ejemplo. Odio cuando lo hacen.

Una hora después nos vamos.

Mi madre me dice que hizo reservaciones para cenar. Contesto que no debería haberse molestado. Mi padre responde que separó esta tarde desde hacía meses; no se la hubiera perdido por nada.

Debemos esperar casi veinte minutos en el restaurante. El lugar está repleto y mi padre no quiere otra mesa que no sea la que acostumbra usar. En el segundo piso tenemos mejor vista al mar. Había demasiada gente y ruido en el primero. Nos sentamos, veo la carta y pido filete de salmón y ensalada de endibias.

Me distraigo viendo las olas.

La cena fue buena, aunque no haya tenido hambre: comí demasiado en el cine.

- Rodrigo -mi padre se aclara la voz-, queremos decirte lo felices que estamos por ti.
- Gracias… todo se lo debo a ustedes.

Es innegable: soy el hijo perfecto.

- Quiero que conserves esto –me entrega una caja. Mi madre la mira encantada.

La abro con cuidado. Dentro de esta hay un reloj antiguo que no funciona.

- Era de tu abuelo. Me lo regaló al graduarme de la universidad. Quiero dártelo hoy –dice con tristeza.
- Significa mucho para él –mi madre no deja de sonreír.

Mi padre se acerca y me abraza.

- Te quiero mucho –lo dice como si fuera a llorar. Me da un beso en la cabeza. No lo hacía desde hace tiempo.
- Gracias –contesto. Trato de mirar el reloj con cariño; no creo lograrlo.

Hablamos del futuro. Les aseguro que ingresaré a la universidad sin problemas; es un hecho descontado. Mi padre opina que será estupendo cuando trabaje con él.

- Y pensar que tu abuelo formó ese estudio de la nada…

Pide la cuenta.

En el camino de regreso, comento que me gustaría tener un auto para ir a la universidad. Lo hago con cuidado, sin presionarlos. Creen que es una buena idea.

- Busca algunos modelos y hablamos.

Una vez en casa, finjo tener sueño. Llego a mi habitación y enciendo las luces. Entro al baño. Me fuerzo a vomitar. Lo consigo. Me siento mejor. Me cambio de ropa y observo folletos para decidir adónde viajaré de vacaciones cuando ingrese a la universidad.

Recuerdo al chico del cine. Iré mañana de nuevo. Le preguntaré cómo consiguió ese trabajo y si es muy difícil.


No quiero dormir, por lo que empiezo a cortar los diplomas que me dieron en la tarde con una tijera de costura. Intento hacer círculos, aunque solo consigo formar figuras toscas.

Víctor Falcón Castro. Cómo alterar el orden de todo.

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