sábado, 28 de marzo de 2009

La lectura de hoy: Al profesor Pajarito

Al profesor Pajarito


Cuando era niño creía que los bigotes de los mayores eran, ni más ni menos, los pelos de la nariz que se dejaban crecer hasta trenzarlos sobre la boca. Quizás pensaba eso porque relacionaba la cara sin bigotes de mi padre con su costumbre de cortarse a menudo los largos pelos que sobresalían de sus fosas nasales. Fue esta reflexión la que me invadió instantáneamente al ver entrar a mi temida clase de cuarto de secundaria al cura director afinando sus mostachos de revolucionario mexicano, mientras le agradecía telepáticamente a mi padre por no seguir esa moda. El director nos hizo tomar asiento con su ademán de siempre e hizo pasar a un curioso personaje que esperaba en la puerta.

Señores, le oímos pronunciar castellanamente, les presento al profesor Juan Jiménez. Desde hoy él reemplazará al profesor Camacho en el curso de Historia Universal. Haciendo honor a su fama de parco, el director salió sin decir otra palabra, dejando a Jiménez como el único cristiano entre los leones que formaban mi salón. Cien ojos clavaron sus garras en él y comenzaron a captar cada una de sus facciones, buscando ávidamente la palabra exacta que lo describiera en un apodo. El nuevo profesor también nos observaba tras sus anteojillos redondos. Medía a su auditorio calibrando las palabras que debía decir para cimentar su autoridad. Pero el temido salón de cuarto de secundaria le ganó la palabra por puesta de mano. Al tabular su corta estatura, su nariz enorme y puntiaguda y sus piernas cortas, el cuchicheo fue general. Pajarito, Pajarito, Pajarito era el sobrenombre que viajaba de carpeta en carpeta como una mecha encendida que hizo explotar nuestras risas contenidas, mientras se oían trinos silbados por los cundas del fondo. Jiménez, obviamente nervioso porque la clase se le escapaba de las manos, se apresuró a manifestarse.

- Alumnos, silencio por favor.

La carcajada se multiplicó. Lo que salió de su garganta fue un gallo estentóreo que confirmó el origen avícola del apodo aprobado por unanimidad. Felizmente para él, la campana de salida lo salvó de una mayor humillación.

Realmente, nuestra clase era de temer. Pocos profesores hacían valer su autoridad en medio de tanta pendejada organizada. El recio Camacho, nuestro tutor Vásquez Pita y el subdirector Alcedo eran los únicos que se habían hecho respetar a causa de su físico mastodóntico, voz tirana y un látigo monumental que no dudaban en descargar ante el menor suspiro. Hoy, después de tantos años, pienso que esa era la única manera de mantener a raya a animales como el chancho Romaní, un bandolero disfrazado de escolar. Fue Romaní quien, en público, le metió la mano al profesor Peña para hacernos ver lo maricón que era. Todos esperábamos ver una reacción furibunda de Peña, mas lo único que atinó a hacer fue sonrojarse mientras soltaba una risita nerviosa que nunca le habíamos oído. Ese día comprendimos que Romaní rendía y aprobaba sus exámenes con su lapicero genital. Fue también Romaní el líder que sugirió la idea de raparnos la cabeza en señal de protesta por la suspensión de Arana, su carnal. Recuerdo que estábamos casi ebrios, festejando mi cumpleaños dieciséis en una cantina cerca al colegio, cuando un sentimiento de hermandad nos levantó y nos llevó al centro de la ciudad para que nuestros cabellos adolescentes se mezclaran en las losetas de una barbería. Esta clase indomable de la que nos sentíamos orgullosos era, pues, el escenario donde Pajarito intentaría explicarnos cómo el tratado de Versalles reordenó Europa tras la Primera Guerra Mundial. En otras palabras, una cojudez.

En su segunda aparición, el profesor Jiménez empezó con mejor pie. Encontró un ambiente soñoliento, propio de una clase de siete y media de la mañana tras una noche de juerga de sus protagonistas estelares. Jiménez, motivado por el silencio reinante, se explayó en un tema que decididamente dominaba. Batallas colosales, formidables estrategias militares y semblanzas de heroicos generales ingleses y franceses fluían de su boca haciéndonos olvidar por un momento su aflautada voz. Viéndolo en trance deduje que la Historia era la materia que sostenía su vida. La Historia era la historia de su vida, pues compilaba hazañas que seguramente él había soñado realizar y desgracias como las que le había tocado vivir. Con satisfacción pude ver que mientras los segundos pasaban, Pajarito se iba transformando ante mis compañeros en un casi respetable profesor Jiménez. Los cien ojos vidriosos empezaban a mirar con cierto interés al pequeño personaje. Hasta que el casi respetable profesor Jiménez volteó a escribir un dato en la pizarra al mismo tiempo que un huevo se estrelló en su nuca. Ni siquiera se movió. Profundamente apenado por él volví la cabeza hacia mis compañeros y comprobé que me había equivocado: no era que sus mentes despertaban ante las maravillas de la Historia, simplemente, habían despertado tras un letargo de resaca, listas para empezar su labor cotidiana de joder al prójimo. El profesor seguía sin voltear, mientras la clara del proyectil avanzaba inexorablemente espalda abajo, dejando una huella que se prolongaba como las risotadas al fondo del salón. Me pregunté si estaba llorando. Y parece que me leyó el pensamiento porque giró el cuerpo, dio la cara y, tragando saliva, nos miró a todos fijamente con una actitud que no correspondía a su cuerpo. Ante tal muestra de serenidad, el salón enmudeció. Transcurrió cerca de un minuto y el profesor, más Jiménez que Pajarito esta vez, pronunció el nombre de quién creía era el culpable:

- ¡Romaní!
- Agárrese de aquí.

Los momentos que siguieron se me hacen difusos. Escucho un estruendo de risas celebrando la respuesta, mientras veo a Romaní cerrándose la bragueta y a Jiménez cerrando la puerta tras de sí. Y miro a otros compañeros más sensatos que menean la cabeza conmigo, presagiando el castigo cruel que nos impondría la plana mayor del colegio. Sin embargo, ese castigo no llegó. Según me contó el portero, Jiménez dejó el colegio en ese mismo instante aguantando las lágrimas, derrotado por sus alumnos quién sabe si por enésima vez en su carrera, sin contarle al director lo que había pasado por miedo a quedar en ridículo también ante sus colegas. Nunca más supimos de él. Sólo nos acordábamos en nuestras borracheras veraniegas, entre risas estúpidas, agradeciéndole no la lucha que entabló con su timidez para educarnos, si no porque nos dio la gran distinción que nos faltaba: la hazaña de hacer llorar a un profesor. Hoy, a tantos años y kilómetros de esa clase, solo espero que el profesor Jiménez esté leyendo este relato. No porque busque su justificación. Más bien, para que sepa que con el correr del tiempo todos nosotros conocimos, al fin, a aquel demonio que ningún joven de quince años carga entre sus libros: el temor a ser un fracasado. Ese temor que vimos y no comprendimos en su mirada, y que a veces me calienta una oreja cuando oigo que mis alumnos se ríen a mis espaldas.

Gustavo Rodríguez. Trece mentiras cortas.

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